"Sesión de cine clásico". Por Vicente Sáez Vallés.
Era uno de esos días en los que parece llover pero nunca se descarga y las nubes son las protagonistas del final de una mañana que parece principio de una noche. Parece ser que el aburrimiento va a reinar en el espíritu de ese día. Me levanté con una sobredosis de filosofía práctica: tuve que rechazar un montón de citas con mujeres hermosas y… Bueno, sólo con una, pero muy, muy hermosa, y con amigos de los que hablan, con la boca llena de un pincho de tortilla de patata, de fútbol y traseros y beber cerveza.
- ¿Qué pasa? Es muy raro que no quieras venir a cenar conmigo y mis amigas. Sabes que no quiero compartirte pero ya he superado eso de imaginarme que te insinúas a todas ellas.
Me encontraba en ese punto en el que se descubre un nuevo mundo lleno de posibilidades interesantes; en ellas, uno es importante por lo que piensa que hará, por lo que elige ser, por lo siente, no por lo que le obligan a ser. Pero en ese punto en el tiempo había un problema: me cansaba de ella, de sus aficiones y pasiones, de sus imperativos que nunca acababan. Ya demostré a mi séquito varonil y a mí mismo, que podía estar con una novia que estaba buena y tener sexo. Todo lo demás dejaba de tener sentido y se desmenuzaba como una montaña de polvo. En esa confusión quise viajar, pero como no tenía dinero me metí a un cine de estos cultos, de películas viejas.
Todo empezó ese mismo día en que se cumplió el imaginar de adentrarme en el proyector. La sala del cine estaba en un local viejo, patético, con sillas de formica y las paredes pintadas de tonos de grises, separados por una cenefa roja mal perfilada (que atravesaba la frontera de grises). Más que un salón de actos de mi pequeño barrio parecía un local del movimiento, esos de los años 60 lleno de cáscaras de pipas por el suelo de granito, porque anteriormente habían proyectado una película infantil que habría congregado montón de críos escandalosos. Con muy pocos parroquianos en el lugar, me dispuse a visionar una película antigua, de vaqueros, de las de Gary Cooper.
“El cowboy y la dama” se llamaba y fue mi elemento femenino de control (mi novia), la que me aficionó al cine clásico, y poco a poco, empecé a emanciparme y a aprender formas de hacer y de vivir. Pero al comenzar la proyección pude ver al viejo acomodador y encargado del aparato, pálido y tembloroso. Se sentó en el patio junto a mí. Le miré preocupado y me interesé por su salud. Me fijé en su mirada enferma y en su demanda callada de cuando no se sabe a ciencia cierta qué se necesita.
- Otra vez borracho.-Dijeron las damas más cívicas.- ¡Usted es el encargado! ¡Ya va con retraso!
Me apiadé y le di mi abrigo. Me sonrió y me dio la mano; luego desapareció y me quedé sin cazadora; no supe qué sentir. Luego la película empezó; entonces la vi: era una mujer maravillosa y me enamoré profundamente de sus ojos y de su cuerpo recto y joven. Su rostro con los carrillos en eterna sonrisa y su elegancia y pose me invitaron a soñar con unos símbolos y suspiros que ya habían enamorado a millones de personas que ya pudieron verse en la mirada de Merle Oberon.
Me pareció muy corta la sesión y con los ojos irritados por el cambio de luz, me levanté celoso de Gary Cooper dispuesto a recuperar mi cazadora negra. Un intelectual de antiparras como las de Quevedo, señaló el piso de arriba del proyector donde estaría el viejo. Subí los escalones de dos en dos y me encontré con un cuarto viejo que olía a corcho. Estaba débilmente iluminado .por el foco perfecto de un enorme proyector bastante antiguo, de esos en que las bombillas son dos trozos de carbón en forma de lapicero, que nunca se unen.
Quedé totalmente sorprendido al contemplar la luz potente que emanaba el proyector y que trazaba un haz en el que hipnotizado en el contraste con lo oscuro del cuarto al que acudí. Descubrí que conforme avanzaba hacía la lente del proyector el tamaño de todo y, también el mío, se adaptaba, transformaba a las dimensiones de otro mundo; no tardó en aparecer un mundo enorme en blanco y negro como la película que había disfrutado.
Pero no, esto no tenía pinta de haberme introducido en la película, como en la historia del Barón Munchaussen, no sabía dónde estaba y empecé a tener miedo. No hacía frío pero sonaba un viento que me destemplaba; caminaba por un país con el suelo metálico, con muchas partículas de carbón vegetal, fruto de una lluvia colosal. Olía a campo y el viento cantaba versos heladores. La luz mortecina construía opacidades de cuerpos figurados e imposibles, era como un parque temático de Escher; la luz, misteriosamente, se infiltraba y causaba sombras inexplicables: las sombras eran como de una materia pesada y había que tener mucho cuidado al caminar, pues siempre una sombra podía caer sobre ti y aplastarte. El mundo era en blanco y negro, había poca gente y casi todo el mundo estaba en la cafetería, bueno en el bar, bueno en el club tomando copas ficticias, de esas que no podías beber aunque murieras de sed.
Entré en el salón rodeado de música de pianola y coristas. Había cowboys con espuelas y vasos de whisky que se deslizaban por largas barras dejando sus estelas de sonido con el frotamiento. Vi a una anciana detrás de la barra del bar que limpiaba vasos chatos. Ella tenía un aire familiar, especial ofreciendo una añoranza demasiado fuerte, como si yo hubiera conocido la vida de esa mujer. No podía dejar de mirar sus ojos, pensé que de joven habría sido muy guapa. Muy interesado, le pregunté a un parroquiano quien era esa anciana y porque había llegado hasta allí. Después de escupir un trozo de tabaco de mascar, me dijo sin mirar protegido por las alas de su sombrero:
- Merle Oberon.
Mi rostro se contrajo en una mueca de corrupción. Puede contemplar a mi amor transcurridos sus 60 años desde que la vi en la película. Mareado salí del salón y pude ver a Gary Cooper ensillando su caballo en los abrevaderos de los porches. Entonces, él me dijo al contemplar mi palidez:
- Eso te pasa por sólo ver lo que quieres ver, ¿Tienes frío? -. Entonces, él me dio su cazadora de cuero negro.
Gary Cooper estaba perfectamente conservado, como en la película, tenía unos 40 años. Ese detalle me dejó totalmente anotado; parecían que los 60 años desde los que se hizo la película, sólo habían pasado para Merle Oberon. Esos bolsillos de la cazadora negra el tacto me sorprendió con algo metálico. Lo miré detenidamente: era un anillo dorado en medio de un mundo nuevo, en blanco y negro. Seguramente, sería un anillo con el que Gary Cooper se declararía a alguna bella mujer.
Quiso devolverle la joya, pero ya había desaparecido. Volvió al bolsillo.
Entonces me desperté en la habitación del proyector, tumbado en una esquina y tapado con mi cazadora. Por lo visto, el viejo me robó la cartera y al reloj; “los encuentros surrealistas y los anillos tienen un precio”, pensé y no me preocupé porque me envolvió la extraña urgencia de ver a mi "novia”, habiendo calculado en un instante que ya habría vuelto a casa de la cita con sus amigas. Efectivamente, había luz en el comedor; vi el edificio desde la calle. Empecé a temblar y como una súbita niebla de seguridad y calor empecé a darme cuenta de enorme valor que tenía todo lo que me pasó. Ella me miró con los ojos muy abiertos dándome la voz pues mi cara debería dar cuenta de mis locos deseos de hablarle; temblando, como fue la primera vez le hablé:
- Me gusta tu afición de actuación al cine clásico y quiero que me enseñes, ¿te gustaría salir conmigo?.
Entonces le di el anillo de Gary Cooper y, ceremoniosamente, lo tomó entre sus manos y me dijo:
- ¿Qué te crees que estamos haciendo ahora, capullo? Mira, no me gustan para nada esos amiguetes con los que vas. Vas a acabar hasta el culo de cocaína. No te enfades, sólo quiero que lo pienses.
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