"Engaños inocentes o la decisión" - Comentario de texto. Por Josefina Martínez Monteagudo, (Fina).

"La tentación más fuerte que puede tener un hombre es la de ser un hombre común". (Nikos Kazantzakis).

"La vida está hecha de una pez gris, muy gris. Muy pastosa y pegajosa que no nos deja caminar ya que se adhiere a nuestros zapatos. Los alquimistas de todos los tiempos mezclaban dos materias y siempre explotaba todo, siempre. Por eso dijeron que la fantasía y la realidad no se podían mezclar, porque todo explotaba". (Vicente Sáez).

"Engaños inocentes o la decisión" es un relato típicamente "vicentino" en el que, con el peculiar sentido del humor de Vicente, realidad y fantasía no sólo se dan la mano, se besan y mezclan con total naturalidad, sin explotar, y crean otra realidad: una nueva geometría a recorrer, la necesidad del viaje para dejar la dependencia del polígono.

Hay muchos engaños y no todos son tan inocentes. Desde tiempos remotos pasa de generación en generación la idea de un mundo dividido, por un lado estarían los que mandan, los poderosos, los amos... en el otro lado, siempre por debajo, los que obedecen, los desposeídos, los siervos. Separados y opuestos, el engaño trasmitido es no ver su complementariedad: el amo no sería nadie sin el siervo, ni el siervo sin el amo. Forman un círculo difícil de romper, el "anillo de compromiso". El engaño de los poderosos es no ver esta dependencia. Ni al joyero ni a su hija les importa lo más mínimo la desintegración del "SIRVIENTE PROFESIONAL DE RAZA AZUL" .

¿Cuál es la decisión? ¿Acaso podemos elegir el lado? Y si es así, ¿cuánto estaríamos dispuestos a pagar por pertenecer al lado de los poderosos?. Al fin y al cabo, todos nuestros deseos resultarían más fáciles de satisfacer. ¿Cuánto cuesta poseer el anillo? Bueno, el anillo no mucho, son las lecciones para entender su precio las que cuestan. Pero, ¿cómo quedarse con el anillo sin dar nada a cambio? Descubrir el engaño por medio de otro engaño: el del que pretende saberlo todo. Poseemos el anillo cuando comprendemos que hay cuestiones para las que no tenemos respuesta, que existe la incertidumbre y, a menudo, no queda más remedio que convivir con ella. Porque, si bien convenimos en que son tres el mínimo número de lados que tiene que tener un polígono... ¿cuál es el número máximo de lados sin que deje de ser un polígono?.

Guardando el anillo en el bolsillo cerca del pecho, sabiendo que se puede ser amo y esclavo, a la vez, de lo que deseamos y de lo que tememos, de nuestra sabiduría y nuestra ignorancia, de lo que decidimos y lo que dejamos de decidir. Entonces, la decisión está clara: seguir el viaje, la única posibilidad, el que lleva al interior de uno mismo. El viaje para dejar la dependencia del polígono, la dependencia de lo trasmitido, de los rígidos, impuestos papeles sociales de dominación-sumisión al líder, heredados desde los tiempos de la vida en manada, -ya se sabe, siempre hay un "lobo azul" acechando-.

En este relato contado, curiosamente, en primera persona, podría ser Pepejuán, -el Vicente de ficción-, el protagonista, o no. No lo dice, tampoco importa, no resulta fácil distinguirlos. Los dos coexisten y son tan reales como el polígono y el viaje.

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